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Escuela virreinal peruana o de la Nueva España. Siglo XVIII.
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LOTE 72

Escuela virreinal peruana o de la Nueva España. Siglo XVIII.

Estimación
2.000 € / 3.500 €

Remate: 2.500 €

Escuela virreinal peruana o de la Nueva España. Siglo XVIII.

“Píxide o portaviático en plata y gran concha de nácar grabado con escena religiosa de la Gloria"

19,5 x 17,5 x 5,5 cm.

Peso total: 1120 gr.

 

Plata y tapa de nácar grabado. Sin aparentes marcas en la plata, o no visibles.

Exquisita, elegante e interesante caja de plata con laterales “en panza”, estructura en plata, y tapa grabada con escena religiosa de La Gloria.

Por ese simbolismo religioso externo podríamos pensar y determinar que se trata de un píxide o portaviático, que es más que un simple contenedor; es un recipiente sagrado que alberga la esencia misma de la devoción.

 

De belleza artesanal ineludible, y como expresión tangible de la fe del orfebre o al gusto del que mandó a realizar la pieza, está cuidadosamente elaborada para convertirse en “un lugar seguro y reverente” para las formas, sin consagrar o consagradas ya.

 

¿Y cuál es la riqueza simbólica que se encierra en la escena radiante grabada de la tapa?  La Gloria, acercada a esta tapa, para devoción terrenal.

Arriba, y al centro, La Gloria está presidida y centrada por la Santísima Trinidad.  Y a su izquierda, según miramos, figura la intercesora por excelencia: la Virgen, Madre de Dios.   La prelación de la Virgen sobre los demás personajes se manifiesta compositivamente al ser la única figura que camina hacia la Trinidad y los contempla de cerca y expectante.

De izquierda a derecha, se reconocen personajes, del Antiguo o Nuevo Testamento, santos de la Iglesia y miembros de órdenes religiosas, sobre todo franciscanos, por lo que deducimos que son ellos los que mandan a fabricar la caja, o su espiritualidad es del gusto del que la hace o encarga la obra.

Delante de un grupo de apóstoles, sacerdotes y fieles, están San Pedro (llaves) y San Pablo (espada), pilares de Iglesia de Roma que impulsan, mueven o guían a un franciscano que porta un libro y una cruz, San Antonio de Padua, destacado teólogo y predicador de la Orden Franciscana.

A la izquierda de éstos, un religioso con tonsura y rapado, cuyo atuendo especifica que es sacerdote (y no sólo hermano lego) por el sobrepelliz sacerdotal blanco que cubre su hábito. Bien franciscano, dominico, o de otra orden.  En la pintura del barroco, otros frailes menores importantes que a menudo aparecen vestidos con ricos sobrepellices de encajes son San Buenaventura o San Bernardino de Siena.

 

A su lado, tres personajes que son la misma Iglesia: un Papa mártir, con tiara, palma del martirio y lirio (San Fabián); un Obispo con mitra y báculo, que bien podría ser San Agustín; y un Santo Padre de la Iglesia, san Jerónimo, famoso por traducir la Biblia del hebreo y griego al latín (la Vulgata), sentado sobre su león iconográfico por excelencia, su fiel compañero al que le extrajo una espina de su pata, y que lo siguió ya toda su vida.   Un franciscano destacado a su lado, quizá San Francisco de Asís, muy en primer plano, sin haber recibido aún los estigmas del monte Alvernia.

A la derecha, y abajo, justo en frente de esa Iglesia primitiva, santos y laicos, masculinos y femeninos: San Lorenzo, el primero y de espalda, con la parrilla con la que recibió el martirio y su gloria; un soldado o conquistador español con su casco o morrión, que bien podría ser Francisco de Pizarro, bajo Santa María Magdalena y Marta, otra de las “hermanas” de Jesús.., o quizás la Sibila Eritrea, una sacerdotisa profética que presidía el oráculo de Apolo en la ciudad de Eritrea, en Jonia, y que Miguel Ángel pintó con otras en el Juicio Final de la Capilla Sixtina.

Más franciscanos se divisan en el horizonte de la pieza, bajo las figuras celestes, los ángeles y puttis.  Éstos, se encuentran en la presencia inmediata de Dios, y son los encargados de proteger la Gloria Divina y el camino de la sabiduría celestial.  Son espíritus puros de gran poder, santidad y luz, dedicados a la contemplación y a servir a la voluntad divina. 

Refinamiento estético,  y gusto por la sofisticación. Un ejemplo de lujo personal del barroco lleno de belleza, con una clara funcionalidad.