Escuela virreinal. Cuzco. Perú. Siglo XVIII.
"Unión mística de San Francisco Xavier y la divinidad"
Óleo sobre tela. Reentelado.
163 x 100 cm.
De preciosa y exquisita factura, esta obra representa la unión mística entre San Francisco Javier con la divinidad, reflejada aquí en Jesús con cetro —que posa su mano derecha sobre su corazón— y el santo navarro que le responde también con el mismo gesto “en su amor inflamado”, respuesta y reflejo del amor recibido. Le ofrece su corazón alado, que vuela hacia Él, y el lirio en su brazo, símbolo de su castidad y entrega total de su vida a través de sus votos.
Y aunque María no aparece en persona (en otras obras paralelas a esta, sí que lo hace), está presente simbólicamente en el horizonte del cuadro, en ese Hortus Conclusus, a través de tres letanías Lauretanas que simbolizan virtudes de la Virgen: “como gallardo olivo en la llanura” (paz, fecundidad); “como un ciprés” (incorruptibilidad, firmeza ante el pecado, longevidad y elevación espiritual hacia el cielo); y “como cedro del Lóbano” (firmeza).
Una escena totalmente vertical en una habitación con su mesa vestida y cortinaje, que se abre al firmamento, mientras el santo escribe y mira hacia arriba, típico en su iconografía. Redacta sus cartas, de las que tenemos más de 138 autógrafas conservadas y más de 220 perdidas o comentadas por terceros, mientras contempla a Jesús en el cielo, rodeado de nubes, y al que quizá dirige una de sus famosas y más conocidas oraciones: “Yo os amo; y no os amo porque me salvéis… Vos, vos, Jesús mío, habéis abrasado todo mi ser en la Cruz”.
A los pies del Santo, vemos sus renuncias mundanas (la corona de oro, reflejo de poder y gloria humanos) y sus renuncias eclesiásticas: la tiara obispal y el capelo cardenalicio, que hablan de los votos de sacristía de los jesuitas que al profesar renuncian a ser “dignidades eclesiásticas como obispos o cardenales, aunque por su cuarto voto pueden llegar a ser nombrados por servicio a la Iglesia, a la que se deben.
Un santo de mucha devoción, desde sus orígenes. San Francisco Javier es un presbítero de la Compañía de Jesús, evangelizador de la India, nacido en Navarra. Es uno de los primeros compañeros de San Ignacio de Loyola que, movido por el ardor de dilatar el Evangelio, anunció diligentemente a Cristo en innumerables pueblos de la India, en las Molucas y otras islas cercanas, terminando en Japón. Convirtió muchos a la fe y finalmente murió (1522) en la isla de San Xon, en China, consumido por la enfermedad y los trabajos, según nos cuenta el martirologio romano.
Esta imagen, como tantas otras, era muy común en la pintura colonial y a menudo se inspiraban en algún grabado europeo, principalmente flamencos, adaptando los detalles. En concreto, en esta obra, se adapta el grabado flamenco de Paulus Pontius del siglo XVI.
Resalta también en esta obra, como otro de los rasgos distintivos de la pintura peruana, la abundante aplicación de joyas muy realistas en los broches, el collar y el cinturón del Santo, y las aves posadas en las ramas de los árboles del fondo, que simbolizan el paraíso, el cielo o la presencia divina, la espiritualización y las voces de Dios, elementos andinos integrados en la iconografía cristiana.
En definitiva, una obra para un devoto del santo, una iglesia, para la catequesis de algún jesuita que contara su historia como misionero, para una casa Profesa o de Formación de la Compañía de Jesús, para devoción de novicios y formandos, y que busca, en su afán evangelizador, inspirar la fe y la devoción, como fuentes de poder espiritual.