Atribuido a Johann Rottenhammer o Hans Rottenhammer (Múnich, 1564 - Augsburgo 1625)
"La Coronación de la Virgen"
Óleo sobre tela.
160 x 117 cm.
Al dorso, etiqueta de la Junta de Incautación y protección del Patrimonio artístico (Procedencia Adanero, nº de colección 120)
En esta composición narrativa religiosa y claramente figurativa, Hans recuerda a pintores italianos, también figurativos, como Tintorero y Pablo Veronese, realizando cada figura como una perfecta miniatura.
Sus pinceles narran el pasaje de la Coronación de la Virgen, que reconoce la realeza de María, culminando siglos de devoción popular como madre de Dios. Es un reconocimiento de su exaltación y un signo de su maternidad divina.
La idea de María como Reina se remonta a los primeros siglos del cristianismo, con San Efrén de Siria, que ya la llama Reina en el siglo IV.
La escena representa a la Santísima Trinidad coronando a la Virgen en presencia de ángeles y apóstoles, de santos y patriarcas, de personajes del Antiguo y Nuevo Testamento, un momento festivo al que asiste toda la cristiandad. Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, colocan una corona sobre su cabeza. La Virgen María es vista como el lugar de la primera intervención conjunta de las tres personas de la Trinidad, ya que fue el espacio donde Dios se encarnó.
La coronación de Nuestra Señora como Reina de Cielo aparece en el Quinto Misterio Glorioso del Rosario: “Y apareció en el cielo una gran señal, una mujer vestida del sol [...], y sobre ella una corona de doce estrellas" (Ap.: 12, 1).
En medio de la luz de sol que irradia esa coronación, destaca la luz del vestido de un personaje principal, invitado a primera fila, su esposo José (arriba derecha) en un azul claro e irradiante, y que la contempla embelesado.
Debajo de Ella, origen de la redención, vemos a Adán y Eva.
La Virgen María es considerada la nueva Eva porque, a diferencia de la primera, su sí a la Anunciación y su obediencia a Dios permitieron que Jesús, el nuevo Adán, se encarnara.
En el mismo cielo de nubes de Adán y Eva, destaca la imponente figura del Profeta Elías reclinado sobre su león, al que se le denominaba el león que devora a otros leones, o que lucha por defender su fe contra la idolatría.
Y en ese plano de nubes, la nube de los Profetas, su ascendiente más directo, y por tanto familia de la Virgen, Profeta David con su arpa, segundo Rey de Israel y compositor de los Salmos. María, la madre de Jesús, descendía del linaje de David, lo cual era importante porque se profetizó que el Mesías vendría a través de esta línea real.
Y Moisés en frente del Rey, un profeta y legislador crucial en el Antiguo Testamento, al que Dios le hace entrega de la Ley (el Pentateuco) y su papel como mediador entre Dios y el pueblo israelita.
En esa misma línea compositiva de nubes y figuras, y justo en frente de San José, vemos a San Pedro (llaves) y a San Pablo (espada) debajo de este, ambos considerados los fundadores de la Iglesia de Roma y los pilares de la fe.
En el siguiente nivel y a la derecha, dos Evangelistas, San Lucas (con el toro), y San Juan, joven y de rojo.
Ambos ofrecen visiones complementarias de María, siendo Lucas el que más detalles ofrece sobre su vida (Anunciación, Visitación, Nacimiento) y quien la presenta como modelo de fe y la primera creyente, mientras que Juan la sitúa en momentos claves como las Bodas de Caná y la Crucifixión, donde Jesús la encomienda a su cuidado.
Lucas la retrata también como la nueva arca de la alianza y María como madre de la Iglesia.
Al lado de éstos Santa Clara, e inmediatamente en ese nivel, siguen todas las mujeres santas y mártires, figuras fundamentales en la historia, tanto por su santidad, como por su influencia en la fe cristiana.
Y como base de ese cielo los Santos Padres de la Iglesia, un grupo de influyentes líderes cristianos (principalmente obispos y teólogos,) de los primeros siglos del cristianismo, cuya enseñanza es considerada testimonio de la fe apostólica. Incluye figuras como San Agustín de Hipona (cabeza que asoma a la izquierda), San Jerónimo (de espalda y con su león), San Gregorio Magno (sentado y con la tiara) y san Ambrosio (a la derecha y mirando de frente, junto a San Lorenzo, uno de los siete diáconos de la Iglesia romana y de los primeros mártires).
Obra de Hans Rottenhamm de gran refinamiento, delicadeza de color y dinamismo, obtenido gracias a la concatenación de gestos y miradas, llenos de mucha gracia expresiva.