Escuela flamenca. Circa 1500 Círculo de Lucas Cranach (Cranach, 1472-Weimar, 1553)
”San Juan Bautista Niño”
Óleo sobre tabla.
42 x 30 cm.
Exquisita y finísima obra flamenca en trazos y composición de “la verdad desnuda del Precursor” (San Juan Bautista), mostrada con la inocencia y ternura de un niño, de mirada melancólica y ensimismada” por el peso de apoyar su vida sobre la del Cordero de Dios reflejado en su Palabra, “que existe desde el principio, y era Dios y estaba con Dios” (Juan 1:14), siendo Jesús la encarnación de esa Palabra.
Con los pinceles del círculo de Cranach, quizá de los suyos propios sin equivocarnos, esta obra de pequeño formato encierra todas sus características:
- Detalle y delicadeza, representando con virtuoso y meticuloso detalle sus finos rasgos, tanto los de su figura como los de los elementos que lo rodean: ventana que marca la luz divina que entra en la oscura estancia, la cruz banderín caída, la Biblia semiabierta con sus tapas en terciopelo y la flor de lis impresa, ese escalón o estrado que lo eleva, lo pone por encima y por delante con su misión de anunciar al Cordero, al Verbo, Logos o Palabra, y una figura recortada con nitidez sobre un fondo oscuro.
- Elegancia y simbolismo, una figura muy estilizada cargada de simbolismo religioso: con una mano bendice y con la otra -apoyándose en ella-señala el Principio, la Palabra que ya empieza a hablar con ese libro semiabierto del que ya se escapan; el simbolismo de la Flor de Lis, de pureza, realeza, nobleza, poder y perfección, de fe y la Trinidad; y la Cruz o banderín, que simboliza su rol como Precursor de Cristo y anticipa su destino pasional. Una cruz tipo banderín del que cuelgan unas filacterias o cintas rojas y en las que deberíamos leer la inscripción "Ecce Agnus Dei" ("He aquí el Cordero de Dios"), como anunciador de la llegada de Jesús.
- Una mirada interpeladora y reflexiva, con cierta melancolía o ensimismamiento, como si estuviera a punto de llorar y arrastrarte a la verdad que proclama.
En definitiva, una obra excepcional sin su firma aparente o anagrama primitivo, pero que es -sin duda- seña de su identidad, digna de un museo o de una colección privada de exquisita sensibilidad que, con ese trazo lineal del gótico, ya nos apunta la nueva perspectiva del Renacimiento.