Atribuido a Manuel Pereira, nacido Yu Wen-hui (Macao, China, siglo XVII)
“Retrato del sacerdote jesuita misionero Diego Pantoja, o de Diego Pang Ti-uo”
Óleo sobre placa de mármol.
32 x 27 cm.
Excepcional retrato de un jesuita madrileño, muy probablemente pintado por un artista chino del Macao portugués, seguramente para alguna de las Casas Profesas de la Compañía, donde se solían poner los retratos de figuras ilustres a modo de Academia, para “Mayor Gloria de Dios”, y de aquellos que entregaron su vida en misión y servicio, de una manera distinta y destacada dentro de la Orden y de la Iglesia.
El autor mimetiza, en el rostro de este sacerdote jesuita, la inculturación de este por sus años de vida y trabajo dedicados a China y a Asia. Y lo convierte en uno más, en uno de los nuestros orientalizando sus rasgos.
Pintado al modo flamenco-holandés, orlado de flores, con las mismas flores (tulipanes, peonías y camelias) meticulosamente pintadas sobre papel de arroz para los álbumes realizados para la exportación.
Una composición que equilibra la frialdad de un rostro vestido de sotana y de negro, sin aparente atractivo, con el dinamismo y la delicadeza del entorno vegetal, ejecutada con colores de gran luminosidad.
El artista demuestra una extraordinaria calidad pictórica, especialmente en el tratamiento de la mirada y psicología del sacerdote misionero y los pétalos de cada una de las flores, con un dominio técnico que combina precisión naturalista y refinamiento decorativo.
Al igual que las obras realizadas en talleres de Cantón durante el siglo XIX, destinadas al mercado occidental, esta la valoramos por su belleza cromática y su valor histórico como ejemplo del arte oriental.
Diego de Pantoja (Valdemoro 1571 - Macao, China, 1618) fue un jesuita, misionero, científico y músico. A sus dieciocho entra en el noviciado de los jesuitas de la Provincia de Toledo y, tras su formación y ser nombrado sacerdote, se ofrece para las misiones del Oriente. Destinado por el padre general de la Compañía de Jesús, Claudia Acquaviva, en 1596 parte para la India en la nao Conceiçao en compañía del padre Nicolás Longobardo.
Después de seis meses navegando por la ruta de San Francisco Javier, que comprendía las Islas Canarias, Cabo Verde, Guinea, Cabo de Buena Esperanza y Mozambique, la nave llegó a Goa, entonces portuguesa, centro de irradiación cristiana en Asia Oriental.
Tras seis meses en allí, el joven Pantoja parte a Macao en 1597, acompañado por el padre Visitador Valignano y el padre Manuel Días. Desde Macao parte para Japón, su destino inmediato, donde finaliza sus estudios de teología y su formación ascética. En 1599 el padre Lázaro Cattaneo (1568-1640), compañero del padre Ricci en Chaochou, pide otro jesuita que marche con él para ir a acompañar al Padre Ricci en su misión de Nanking. Y allá que se fue Pantoja llegando en el año 1600. Y a sus 25 años, Diego Pantoja inicia una nueva vida adaptada a la cultura china. Así, su apellido castellano fue romanizado como Pang Ti-uo y fue instruido por el padre Ricci, cambiando su traje clerical por la bata y tocado de los letrados confucianos.
Estudia y practica el mandarín y su aplicación para el aprendizaje de la lengua china de una manera distinta, por su buen oído aprende música y toca el clavicordio y tiene el don de arreglar el funcionamiento de los relojes; tres artes que practicó para el encuentro con el emperador, que se hallaba en su sede al Norte, la meta final de esta expedición misionera cristiana.
Con toda esta preparación, con salvos conductos y cartas de recomendación, y llevando consigo los regalos europeos para el emperador, viajaron a Pekín, acompañado por un candidato a la Compañía de Jesús, Don Manuel Pereira, natural de Macao y muy buen pintor, a quien atribuimos la autoría de nuestra obra. Manuel Pereira, nacido Yu Wen-hui, es el autor del retrato de Mateo Ricci (1610, año de fallecimiento del padre), obra cuya imagen adjuntamos en el presente lote para su comparación con la nuestra.
Llegaron a Tianchin, y fueron apresados por el eunuco Ma Tang, quien decomisó los regalos y escribió al emperador, que contestó seis meses después —en cuyo tiempo los prisioneros fueron cruelmente tratados— solicitando: “que fuera el mismo extranjero quien presentara sus regalos en el palacio de Pekín”.
Desde entonces, cambió el trato a aquellos extranjeros. Según escribió en su manuscrito el padre Ricci: “en ese viaje les dieron a los Padres y a sus compañeros ocho caballos de cabalgar, y más de treinta cargadores para transportar los bultos, y cuanto necesitaban para el viaje. Por las ciudades y pueblos por donde cada día pasaban, cambiaban tanto los caballos como a los cargadores. Y les alojaban en las mansiones de los mandarines sin pagar nada, tratándoles con mucho respeto, porque los llamaba el Rey”.
Durante el primer mes de su estancia en Pekín, los mandarines del palacio les preguntaron si deseaban algún favor del emperador. Pantoja escribió: "Diximos que no queríamos cosa de intereses ninguna, más que si el Rey de su mano nos diese algún lugar cierto, y casa donde morar, holgaríamos mucho, porque nuestro intento es de estar en un lugar cierto, y tratar de dilatar la ley de Dios“.
El Emperador Wan Li, leyó el memorial del padre Ricci, aceptó los regalos, y permitió que él y sus compañeros pudieran vivir en Pekín, mantenidos con los fondos del erario público.
Diego Pantoja también fue un prolífico escritor, entre los que destaca su “Tratado de las siete victorias”, que muestra la superación de los pecados capitales mediante las virtudes cristianas, que coinciden con las virtudes clásicas confucianas.
La obra, por mandato del emperador, fue incluida en el “Catálogo de libros excelentes”, llegando a ser el libro escrito en mandarín por un occidental con mayor reconocimiento en China.