Antonio de Torres (México, 1667 - 1731)
"San Antonio de Padua predica a los pobres bajo la mirada de María y su Hijo"
Óleo sobre tela. Firmado.
166 x 122 cm.
Con esta magnífica obra, se nos abre una luminosa ventana al mundo del más relevante pintor novohispano del barroco, Antonio de Torres Lorenzana, que nos alumbra con un lienzo de un santo muy popular, que ha alcanzado a lo largo del tiempo una devoción universal: su homónimo San Antonio de Padua.
Invocado en las casas humildes para encontrar objetos perdidos, presente en miles de imágenes floridas en iglesias, altares y esquinas de ciudad o de campo, su figura está entrañablemente ligada a la vida cotidiana de los fieles. Pero más allá de esta devoción popular, San Antonio fue un verdadero testigo de la caridad evangélica. Por los pobres no fue romántico ni abstracto: fue concreto, comprometido y profundamente cristiano.
Y así lo entendió Antonio de Torres en esta exquisita y tierna pintura, realista, de dulces tonalidades, una de tantas que pintó para la familia franciscana sobre la vida de su fundador y de sus innumerables santos.
Nacido en Lisboa en 1195, con el nombre de Fernando, en una familia noble, desde joven mostró una inclinación clara por la vida espiritual.
Primero se hizo canónigo regular en el monasterio de San Vicente, y luego en Coimbra.
Pero su vocación dio un giro cuando conoció a cinco frailes franciscanos, martirizados en Marruecos, cuyos cuerpos pasaron por su monasterio.
El testimonio de aquellos hombres, que habían entregado su vida por Cristo y por la predicación del Evangelio, lo conmovieron profundamente. Entonces se produjo un cambio radical en su vida y entró en la orden franciscana naciente en ese momento, cambiando su nombre y adoptando el de Antonio. La pobreza voluntaria y el amor por los más humildes se convirtieron en la columna vertebral de su existencia.
Y Antonio Torres así lo reflejó en esta escena religiosa, con un pincel refinado, delicado, y de gran calidad compositiva. El santo, sobre un estrado, al centro de la obra como un faro de luz, rodeado por pobres y enfermos que “son alimentados por su palabra de esperanza, que se convierte en su pan”, atentos como el religioso que lo mira y escucha asombrado desde una ventana, bajo la bendición de la Madre del Cielo y su Hijo, que lo impulsan con su fuerza.
Con sólo su hábito y la fuerza interior que Dios le da, en perfecta sintonía con el espíritu de San Francisco de Asís, no fue un activista moderno, sí un santo profundamente comprometido con las consecuencias sociales del Evangelio, que caminó con los pobres que están presentes y a su alrededor, convirtiéndose en su luz, en referencia, y en intercesor para millones.
Torres no sólo nos pinta al “santo de los milagros” o al “santo de los objetos perdidos”; retrata a la perfección el santo que ayuda, a aquellos que por él profesan devoción, a encontrar el camino de la compasión, de la justicia, de la caridad, vividas con audacia. Su vida fue un canto al Evangelio encarnado entre los pobres, su legado sigue inspirando a todos los que buscan una fe con obras, una esperanza con compromiso.
Con respecto al autor, Antonio de Torres fue un pintor novohispano del que se conserva poca información. Sin embargo, el doctor en Historia del Arte por la Universidad de Granada Lázaro Gila Medina ha realizado recientemente dos estudios en los que ha dado a conocer una serie inédita mariana (en 2015) y un “Santo Ecce Homo” y una “Dormición de la Virgen” (en 2020). Esta importante tarea vino acompañada de una aproximación biográfica novedosa, recopilando informaciones que habían permanecido desperdigadas, algunas de muy difícil acceso, y aportando nuevos datos provenientes de sus investigaciones, siendo el estudio del 2015 la primera visión de conjunto de su trayectoria vital y profesional. En sus estudios, pues, nos basamos para la realización de nuestra ficha y a ellos nos remitimos en caso de que al lector le fuera menester mayor información.
Antes que nada, a Antonio de Torres no hay que confundirlo con su homónimo, que “laboró a partir del segundo tercio del siglo XVIII en Sevilla, justo cuando nuestro artista ya había fallecido”. Nuestro pintor novohispano, pues, como informa Medina, dirigiría un amplio taller y gozaba de un prestigio profesional encomiable, hecho demostrado por los numerosos encargos y de gran envergadura que recibió de “la gran capital del virreinato, [… de] casi todo el territorio de la Nueva España [… y] desde otras áreas geográficas bastante alejadas”. Como leemos en su estudio, Torres ya era oficial de pintor con 19 años de edad y hacia 1697, con 30 años, ya figuraba como maestro de pintor. Su taller recibía encargos que “no eran solo pinturas sueltas sino grandes series, sobre todo de temática religiosa, que podría acometer gracias a su complejo taller”.
Posiblemente, por los lazos familiares que le unían con su tío Antonio Rodríguez, fuera este su maestro en el arte de la pintura. Su tío, sin embargo, no fue su única influencia artística, pues “en el horizonte artístico mexicano del momento hubo otros afamados pintores del pleno barroco” como Cristóbal de Villalpando, Juan Correa o Juan Sánchez Salmerón, contemporáneos pero no coetáneos de nuestro pintor. Este formaba parte de una generación “clave al servir de puente entre estos maestros del pleno barroco y la siguiente generación, ya del barroco final, donde incluimos a José de Ibarra (1685-1756), Miguel Cabrera (1695-1768) o a José de Páez (1720-1790)”.
Las piezas inéditas que presentó Medina en sendos estudios se añadieron a un corpus artístico ya formado por numerosas series. En el artículo para los Anales del Museo de América, dio a la luz “siete pinturas dedicadas a momentos principales de la vida de María, más una octava con la Virgen de Guadalupe […] dispersas por distintas dependencias del monasterio de clarisas franciscanas de la Encarnación en Granada y, según la tradición oral de la comunidad de religiosas, llegaron con la dote de una novicia al entrar en el mismo”. La serie de lienzos está firmada y fechada en 1726 y la Guadalupe, en 1724. Ambas obras se integran en “su segunda y última etapa profesional que va desde 1724 al 1731 en que falleció”, periodo del que también forma parte el “Santo Ecce Homo”, de 1726, que se encuentra en el portal del mismo convento, como publica Medina en su artículo para “Laboratorio de Arte”. Se trata de la copia de otra devoción novohispana, una pintura original que ahora está desaparecida y que estaba situada en el Portal de Mercaderes de la Plaza Mayor. En el mismo estudio también presenta “un excelente cuadro inédito de la ‘Dormición de la Virgen’ de la comunidad de Sacerdotes Operarios Diocesanos de Ciudad de México […] fechado en 1713; en consecuencia, corresponde a su primera etapa laboral”, de 1703 a 1722, año en que sufre un importante pero transitorio deterioro de salud.
Bibliografía de referencia:
- Medina, Lázaro Gila. (2015). “Aproximación a la vida y obra del pintor novohispano Antonio de Torres (1667-1731) y estudio de una serie inédita mariana del convento de la Encarnación de Granada de franciscanas clarisas”. Anales del Museo de América, (23), 82-113. https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=5612873
- Medina, Lázaro Gila. (2020). “Dos nuevas obras del pintor novohispano Antonio de Torres (1667-1731): el Santo Ecce Homo del portal del convento de la Encarnación de Granada y la Dormición de la Virgen del Seminario de Sacerdotes Operarios Diocesanos de Ciudad de México”. Laboratorio de Arte: Revista del Departamento de Historia del Arte, (32), 207-230. [http://dx.doi.org/10.12795/LA.2020.i32.11]