Atribuido a Hendrick van Balen (Amberes, 1575-1632) y Jan Brueghel el Viejo (Bruselas, 1568 -Amperes, 1625)
“La Presentación de la Virgen en el Templo en una guirnalda de frutas y hortalizas”
Óleo sobre cobre.
46 x 36 cm.
Dentro de una muy elaborada y exquisita guirnalda de frutas y hortalizas, un bodegón habitado por la perfección y viveza de los elementos representados que se salen y casi se mueven. Se representa la escena de la Presentación de la Virgen María Joven en el Templo de Jerusalén.
Las pinturas de la Virgen en medio de pasajes de su vida, enmarcadas por guirnaldas de flores y/o frutas, eran muy estimadas en el mundo flamenco, como respuesta a la Reforma protestante que negaba la validez de las representaciones de la Virgen y los santos.
Bruegel, a quien se atribuye esta obra junto a van Balen, se hizo eco de la necesidad de los coleccionistas católicos de poseer imágenes de devoción de María, situándolas dentro de guirnaldas en las que se mostraba su capacidad para la representación de motivos naturales. Aunaba así la imagen religiosa con una pintura visualmente muy atractiva.
A Hendrick van Balen, colaborador habitual de Brueghel, se le atribuye la autoría de las figuras, cuyas pinceladas recuerdan mucho a modelos de Rubens.
Contextualizando, la figura de la Virgen María pasa bastante desapercibida en los Evangelios, exceptuando aquellos episodios ligados a la vida de Jesús en los que mantiene una participación directa. Por ello, las principales fuentes de inspiración para la iconografía mariana son los Evangelios Apócrifos y la Leyenda Dorada, de las cuales se obtienen valiosos relatos sobre la vida de la Virgen antes del nacimiento de Jesús y después de su muerte.
Para la construcción iconográfica del episodio de esta obra concreta se emplearon fundamentalmente tres textos apócrifos: el Protoevangelio de Santiago del siglo II, el Evangelio del Pseudo Mateo del siglo IV y el Libro de la Natividad de María del siglo IX y procedente de un apócrifo anterior.
La escena central pintada por van Balen narra cómo la Virgen es conducida al Templo de Jerusalén por sus padres Joaquín y Ana, para ser ofrecida a Dios en cumplimiento a la promesa que le realizaron al concederles la dicha de la concepción de María cuando ya no era posible. Y en esta escena, la Virgen es la única que nos mira directamente, la que establece una conversación amorosa con nosotros, la que nos invita a su ofrecimiento.
Ella se encuentra situada en el rellano último de la escalera (de “quince escalones”) que ha subido rápidamente y sin dudar para ofrecerse voluntariamente al Señor, donde será acogida por un sacerdote (Zacarías) que la conducirá al sanctasanctórum. Durante los siguientes once años, María, junto a otras doncellas, llevará una vida recogida al servicio a Dios. Cuentan los Apócrifos que “la Virgen gozó de diálogo permanente con los ángeles, uno de los cuales (arriba a la izquierda) la alimentó diariamente con pan de ángel”.
Un medallón central enmarcado por una guirnalda estacional de frutos y hortalizas recolectados en la agricultura en una época del año determinada. Marcan no sólo una técnica y un estilo compositivo propio de este autor y su colaborador, sino que hacen hincapié, de esta manera, en el tema del transcurrir del tiempo y los ciclos vitales de la Tierra, frutas y hortalizas que representan las estaciones y que, simbólicamente, combinan el transcurso del tiempo con la abundancia de los frutos de la tierra.
Un cuadro muy decorativo, que pretende hacerse agradable, haciendo que la ventana central sobre la Virgen se haga mucho más atractiva, deseable, abrazable, un intento de hacerla así venerable por lo “perfecta y verdadera que se muestra”. Doctrina y belleza juntas.