Vicente López Portaña (Valencia, 1772 - Madrid, 1850)
"La exaltación de la Eucaristía"
Óleo sobre tela. Firmado. Acompaña de marco en madera tallada y dorada de la época.
91 x 67,5 cm.
Gracias a sus extraordinarias dotes artísticas como dibujante y colorista, Vicente López Portaña que firma nuestra obra, fue nombrado en 1803, con poco más de treinta años, pintor honorario de cámara, y en 1815 primer pintor de cámara de Fernando VII, en sustitución de Mariano Salvador Maella, de quien tanto había aprendido y a quien tantos favores en torno a la Corte, y no sólo, le debía.
Si su habilidad con los pinceles era manifiesta, sus composiciones supusieron también un paso adelante paulatino respecto a los modelos tardo barrocos que aún se destilaban en la Corte. Y aunque el valenciano fue, principal y fundamentalmente retratista, un gran retratista, el mejor de su siglo, si exceptuamos a Francisco de Goya, sus asuntos religiosos muestran también un dominio y soltura claramente por encima del resto.
El movimiento contearreformista que impulsa el Concilio de Trento despliega, entre otras respuestas a las tesis protestantes, una defensa beligerante de la Eucaristía, transustanciación y presencia real de Cristo en la Comunión.
El incremento de las expresiones de culto al sacramento eucarístico en época barroca se acompañará en el ámbito estrictamente artístico de un copioso desarrollo de temas como La Última Cena, la Comunión de los Santos o, directamente, la Exaltación o Apoteosis de la Eucaristía, a través de lo que la Iglesia Católica hará propaganda de uno de sus dogmas más destacados.
Nuestra pintura muestra este último tema, la Eucaristía centrando la composición, mientras es venerada por toda una corte de querubines y serafines, dispuestos en círculos concéntricos, flanqueados por tres ángeles mancebos que forman y construyen el ostensorio angelical que adora la Eucaristía.
En la sagrada Forma convergen las arrobadas miradas que se acompañan de gestos de adoración.
Esta particular iconografía, que se relaciona estrechamente con las hermandades sacramentales, es desarrollada aquí con un particular movimiento y riqueza visual. La luz cálida y dorada que se irradia desde lo más alto del centro inunda la escena. La luminosidad va graduándose a media que se expande y desciende y define a su paso las formas, perfilando a la perfección las figuras celestes y sus rostros y cabellos, con infinidad de detalles.
Un atrevido cromatismo, presente en verdes, amarillos y los rojos asalmonados de los ropajes, hacen que cada color tenga mil y un matiz ampliando ese espectro de luces.
No es de extrañar que por dimensiones y extrema calidad, pudo haber sido pintado, muy probablemente, como “pala de altar” de algún retablo de Valencia u otro punto de España, o para alguna hermandad sacramental, convento o, quizás, para un encargo personal para devoción particular.
Vicente López Portaña, nacido el 19 de septiembre de 1772, inició su formación artística como discípulo del franciscano Antonio de Villanueva en la Academia de San Carlos de Valencia. Durante esta primera etapa obtuvo en 1789 el premio de primera clase con el lienzo El rey Ezequías haciendo ostentación de sus riquezas, con el que pudo llegar a la capital. Al año siguiente consiguió el primer puesto en el concurso de la Academia de San Fernando con el cuadro Los Reyes Católicos. A partir de ese instante empezó a absorber las enseñanzas académicas heredadas de Mengs a través fundamentalmente de Mariano Salvador Maella, de él recogió el sentido barroco y colorista de sus composiciones y el gusto por el dibujo.
Tras su etapa juvenil en Madrid donde la experiencia le permite convertirse en un prestigiado autor, en 1792 decide volver a su ciudad natal, Valencia. Durante muchos años, recibió varios encargos, especialmente de cuadros religiosos y murales para iglesias en Valencia, así como retratos, monumentos y dibujos para grabar. Durante la Guerra de la Independencia, estuvo en Valencia y pintó el retrato de Fernando VII con el hábito de la orden de Carlos III.
El estilo retratístico de Vicente López, respetuoso y objetivo con sus personajes hizo que Fernando VII lo nombrase primer pintor de cámara, teniendo que regresar a Madrid. Debido al prestigioso nombramiento que obtuvo fue el pintor más solicitado de la aristocracia y burguesía de clase alta.
En el 1826 realizó su obra maestra, el retrato de El pintor Francisco de Goya y Lucientes, la obra más relevante e icónica de toda su larga trayectoria.
Vicente López Portaña conservó su talento artístico durante toda su vejez elaborando retratos hasta el día de su fallecimiento en Madrid, el 22 de julio de 1850.